Mostrando entradas con la etiqueta Fontanarosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fontanarosa. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de febrero de 2008

A la mierda!!!

Mierda ! ! !
El uso de la palabra MIERDA es una cuestion de educación, ya que nadie puede negar que la usamos para múltiples circunstancias relacionadas con muchísimas cosas, por ejemplo:
Ubicación Geográfica: Andate a la mierda.
Adjetivo calificativo: Sos una mierda.
Momento de escepticismo: No te creo ni mierda.
Deseo de venganza: Lo voy a hacer mierda.
Accidente: Se hizo mierda.
Efecto Visual: No se ve una mierda.
Sensación olfatoria: Huele a mierda.
Deseo al despedirnos: Vayanse a la mierda!!!
Especulación del conocimiento: Que mierda es eso?
Momento de sorpresa: A LA... MIERDA !!!
Actitud de resentimiento: No me regaló una mierda.
Sensación gustativa: Esto tiene gusto a mierda.
Acto de impotencia: No se me para esta mierda!!!
Deseo de ánimo: Apurate con esa mierda!!!
Situación de desorden: Todo está hecho una mierda.
Rechazo despectivo: Que se cree la mierda esa?
Situación alquimista: Todo lo que toca se vuelve mierda.

Como nos arreglariamos sin esta palabra ?Y si este post te molesta... ya sabes....
tirálo a la mierda
FONTANARROSA

domingo, 6 de enero de 2008

Siguiendo fobias

El asunto fue así yo como todos saben: fumaba
ah! ¿no sabían? bueno despues les cuento...decía fumaba a morir aja! entonces era fácil: ladoctoradijotenésunefisemapulmonaryyopensénosoysandronotengogúitanotengorosasconoxígenoasíquecagastehermana!!!!!!!
Ahora...volviendo al pucho es lo que fue digamos una especie de detonante, digo detonante literalmente: al no poder respirar sentís que te morís y.. el pucho viste como es, ayuda, decía...continuando; sinopodésrespirarsentísquemorísysiencimatenesmiedoopániconorespirasyteagarrauncagasoquemamamía...
ay! así...te agarra ¿me entienden?
despues la doctora la que dijo que era clínica
Y QUE YOTENÍAENFISEMA COSA QUE NOERA CIERTOPORQUE:
COMO TODOS SABEN Y SINO LES CUENTO:
ES tal la mala fama del pucho que la tipa me hizo cagar y en efecto me cagó, porque no tenía ni efisema ni un corno, me mando una seguidilla de pastillas siendo o mejor dicho no siendo siquiatra que me .,..insisto ,me cagaron....
ustedes saben y sino sépanlo: los medicamentos siquiátricos deben ser dados por.¡.chachán!: siquiatras,
por algo o para algo estudian, la yegua ésta ,me mandó dosis que no eran
y me mandó una enfermedad que no tenía con lo cual sino era fóbica, la divina me llevó a serlo ay! de nosotros los desvalidos cayendo en manos de curanderos con títulos!!
la cosa no prosperó...
como yo militaba ¿qué me dijo? :
-Mijita..dejá de hacer lo que hacías, dejá tus amistades, decile a tu marido que ni te hable de sus cosas, no mires noticieros, mudate a un lugar tranquilo si es posible a una isla en fin...morite
Posta...me dijo eso y...efectivamente casi me muero!
Zarazazaza...¡la cagué!...¡ sigo acá!
Ahora...en ese entonces me recetó irme lejos, mis hijas se dijeron "lo más lejos que tenemos es la casa de Natacha"(mi hija mayor) que vive en un onceavo piso en La Plata...¿y adivinen?
me mandaron allá ¡que lindo! casi muero en serio ahí...pero eso es otra historia...

jueves, 3 de enero de 2008

Puto el que lee esto-3

...Allí a ese mar de palabras, adjetivos , verbos y ditirambos, señores, hay que lanzar el nuevo libro, el nuevo relato, la nueva novela que hemos escrito desde los redaños mismos de nuestros riñones. Allí, a ese interminable mar de volúmenes flacos y gordos, altos y bajos, duros y blandos, hay que arrojar el propio, esperando que sobreviva. Un naufragio de millones y millones de víctimas, manoteando desesperadamente en el oleaje, tratando de atraer la atención del lector desaprensivo, bobo, tarado, que gira en torno de una mesa de saldos o novedades con paso tardo, distraído, pasando apenas las yemas de sus dedos innobles sobre la cubierta de los libros, cautivado aquí y allá por una tapa más luminosa, un título más acerado, una faja más prometedora. Finge erudicción y, quizás, interés. Está atento, si es hombre, a la minita que en la mesa vecina hojea frívolamente el último best-seller, a la señora todavía pulposa que parece abismarse en una novedad de autoayuda. Si es mujer, a la faja con el comentario elogioso del gurú de turno. Si es niño, a la musiquita maricona que despide el libro apenas lo abre con sus deditos de enano...

miércoles, 2 de enero de 2008

"Puto el que lee esto" part 2-Fontanarrosa

Sabios eran los faraones que se enterraban con todo lo que tenían: sus perros, sus esposas, sus caballos, sus joyas, sus armas, sus pergaminos llenos de dibujos pelotudos, todo. Igual ejemplo deberían seguir los escritores cuando emprenden el camino hacia las dos dimensiones, a mirar los rabanitos desde abajo, otra buena frase por cierto. "Me voy, me muero, cagué la fruta_podría ser el postrer anhelo-. Que entierren conmigo mis escritos, mis apuntes, mis poemas, que total yo no estaré allí cuando alguien los recite en voz alta al final de una cena en los boliches". Que los quemen que tanto. Es lo que voy a hacer yo, téngalo por seguro señor lector. Millones de libros, entonces, de escritores importantes y sesudos, de mediocres, tontos y banales, de señoras al pedo que decidían escribir sus consejos para cocinar, para hacer punto cruz, para enseñar como forrar una lata de bizcochos. Pelotudos mayores que dedicaron toda su vida, toda, al estudio exhaustivo de la vida de los caracoles, de los mamboretás, de los canguros, de los caballos enanos. Pensadores que creyeron que no podían abandonar este mundo sin dejar a las generaciones futuras su mensaje de luz y esclarecimiento. Mecánicos dentales que supusieron urgente plasmar en un libro el porqué de la vital adhesividad de la pasta para las encías, señoras evolucionadas que pensaron que los niños no podían llegar a desarrollarse sin leer cómo el gnomo Pirlimplín vive en una estrella que cuelga de un sicomoro, historiadores que entienden imprecindible comunicar al mundo que el duque de La Rochefoucauld se hacía lavativas estomacales con agua alcanforada tres veces por día para aflojar el vientre, biólogos que se adentran tenazmente en la insondable vida del gusano de seda peruano, que cuando te descuidás te la agarra con la mano...

viernes, 28 de diciembre de 2007

Puto el que lee esto 1- Fontanarosa

Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el peoltudo de Góngora.
Lo leí en un baño público en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiese tenido como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto un genuflexo dulzón ni un demagogo. "Puto el que lee esto", y a otra cosa. Si te gusta bien y sino también, a otra cosa mariposa. Hacete cargo y si no, jodete. Hablan de aquel famoso comienzo de Cien años de soledad, la novelita rococó del gran Gabo. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento..." Mierda. Mierda pura. Esto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
Ojalá se me hubiese ocurrido a mí un comienzo semejante. Ese es el golpe que necesita un lector para quedar inmovilizado. Un buen patadón en los huevos que le quite el aliento y lo paralice. Ahí tenés, escapate ahora, dejá el libro y abandoname si podés.
No me muevo bajo la influencia de consejos de maricones como Joyce o el inútil de Tolstoi. Yo sigo una línea marcada por un grande. Carlos Monzón, el fantástico campeón de los medios livianos. Pumba y a la lona. Paf...el piñazo en medio de la jeta y hombre al suelo. Carlitos lo decía claramente, con esa forma tal clara que tenía para hablar. "Para mí el rival es un tipo que le quiere sacar el pan de la boca a mis hijos".
Y a un hijo de puta que pretenda eso hay que matarlo, estoy de acuerdo.
El lector no es mi amigo. El lector es alguien que le debe comprar el pan a mis hijos leyendo mis libros. Así de simple. Todo lo demás es cartón pintado. Entonces no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado. "Puto el que lee esto" Que sienta un golpe en el pecho y se dé por aludido, si tiene dignidad y algo de virilidad en los cojones.
"Es un golpe bajo", dirá algún crítico amanerado, de ésos que gustan de Graham Greene o Kundera, de los que se masturban con Marguerite Yourcenar, de los que leen París-Review y están suscriptos a Le Monde Diplomatique. ¡sí señor- les contesto, es un golpe bajo! Y voy a pegarles uno, cien, mil golpes bajos, para que me presten atenciónde una vez por todas. Hay millones de libros en los estantes, es increíble la cantidad alucinante de pelotudos que escriben hoy por hoy en el mundo y que se suman a lo ya escrito y escribirán. Y los que han muerto, los cementerios están repletos de literatos. No se contentan con haber saturado sus épocas con sus cuentos, ensayos o novelas, no. Todos aspiran a la posteridad, todos querían la gloria inmortal, todos nos dejaron los millones de libros repulsivos, polvorientos, descuajeringados, rotosos, encuadernados en telas apolilladas, con punteras de cuero, que aún joden y joden en los estantes de las librerías. Nadie decidió, modesto, incinerarse con sus escritos. Decir "me voy rumbo a la quinta del Ñato y me llevo conmigo todo lo que escribí, no los molesto más con mi producción", no. Ahí están los libros de Moliere. de Cervantes, de Mallea, de Corín Tellado, jodiendo, rompiendo las pelotas todavía en la mesa de los saldos...
continuará

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Inaugurando etiqueta: Fontanarosa


Viejo con árbol

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable.
Después las otras canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ése árbol, solía ubicarse el viejo.
Había aparecido unos cuántos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gria algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio potátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
-Ojo con la vía- alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
-No pasan trenes, casi-tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
-¿No vino la hinchada?- ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo-¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Na die lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
-La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá- bromeó alguno.
-Por ahí es amigo del referí-dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando ganaron a Olimpia Seniors.
Y, ahí debajo del árbol, fua a tirarse el Soda cuando decidió dejarle lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha-casi a desgano, aprovechando para desperezarce, cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí-, el Soda se derrumbó a la sombre del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
-¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro?- medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
-No- sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado- música- dijo después, mirándolo de nuevo.
-¿Algún tanguito?- probó el Soda.
-Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
-Pero le gusta el fútbol-le dijo-. Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
-Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte-dictaminó después-Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
-Mire usted nuestro arquero-efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierta de tierra- La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales-se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba-. Bueno...Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
-Vea usted-el viejo señaló ahora el arco contrario, al que estaba por llegar a un córner- el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los muslos, vivaces, dignas de un Bacon.
Entrecierre los ojos y aprecielo así...Bueno...Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando el viejo arreció.
-Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio...Bueno...Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
-Y escuche usted, escuche usted...lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido-...la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo del referí...Bueno...Eso, eso es la música...
El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.
-Y vea usted a ese delantero...-señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado...ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia....Bueno...Eso, eso es teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
-¿Qué cobró?-balbuceó indignado.
-¿Cobró penal?- abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dió un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha-¿Qué cobrás?-gritó desaforado-¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
-...¿Y eso?- se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.
-Y eso...-vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra-...Eso es el fútbol.